yo quiero ser marciano

El capitán inclinó la cabeza.

Cuénteme algo de esa civilización– dijo señalando con la mano las ciudades de la montaña.

-Sabían cómo vivir con la naturaleza, y cómo entenderla. No trataron de ser sólo hombres y no animales. Cuando apareció Darwin cometimos ese error. Lo recibimos con los brazos abiertos y también a Huxley y a Freud, deshaciéndonos en sonrisas. Después descubrimos que no era posible conciliar las teorías de Darwin con nuestras religiones, o por lo menos así lo pensamos. Fuimos unos estúpidos. Quisimos derribar a Darwin, Huxley y Freud. Pero eran inconmovibles. Y entonces, como unos idiotas intentamos destruir la religión.

Lo conseguimos bastante bien. Perdimos nuestra fe y empezamos a preguntarnos para qué vivíamos. Si el arte no era más que la derivación de un deseo frustado, si la religión no era más que un engaño ¿para qué la vida? La fe había explicado siempre todas las cosas. Luego todo se fue por el vertedero, junto con Freud y Darwin. Fuimos y somos todavía un pueblo extraviado.

¿Y estos marcianos encontraron el camino? – preguntó el capitán.

– Sí. En Marte aprendieron a combinar ciencia y religión para que funcionaran juntas, y se enriquecieran así mutuamente, sin contradecirse.

Una solución ideal.

– Así es. Me gustaría mostrarle como lo hicieron.

Ray Bradbury. “Crónicas Marcianas”. 1940.

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